El altar de muertos en la casa de mi abuelo

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    Cada 2 de noviembre los mexicanos celebramos con gran regocijo el día de muertos, sin dudarlo puedo decir que es una de mis fiestas favoritas.
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    La festividad de muertos o de los fieles difuntos implica una serie de eventos culturales y sociales que nutren la historia misma

César Modesto MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Cada 2 de noviembre los mexicanos celebramos con gran regocijo el día de muertos, sin dudarlo puedo decir que es una de mis fiestas favoritas. Se dice que los mexicanos nos burlamos de la muerte, pero ello me parece una observación muy a la ligera alrededor de los rituales y la manera en enfrentarnos al final de la vida, creo más bien que la muerte es parte de la vida misma.

La festividad de muertos o de los fieles difuntos implica una serie de eventos culturales y sociales que nutren la historia misma, cada pueblo celebra de manera diferente, pero sin duda que hay actividades comunes entre ellos, como la visita al camposanto, la velada en las tumbas, la instalación del altar de muertos, las comparsas, las muerteadas, entre otras; desafortunadamente la cultura extranjera va consumiendo nuestras tradiciones nativas, solo basta poner de ejemplo el mal copiado Halloween.

Los oaxaqueños recordamos con gusto a quienes se adelantaron en el camino al más allá y es tarea de las generaciones presentes rescatar las tradiciones y costumbres, de no hacerlo están condenadas a la extinción; en ese tenor trataré de describir lo que ocurre en la casa de mis abuelos, una casa como muchas de provincia, con ese toque mágico que envuelve al alma y despierta el espíritu.

La casa está ubicada exactamente atrás de la iglesia principal, entre la esquina de los fierros y la casa que fue de “Che” Melchor, al llegar a la puerta verás que están dos ramos de cempasúchil criollo, de ese oloroso que se encuentra en los campos de todos los Valles Centrales, una ramo colgado de cada puerta y un camino de pétalos de la misma flor que van desde la entrada hasta el altar principal; es mi abuelo el encargado de ir a recolectar las flores, lo hace muy de mañanita y mi abuela aprovecha para agarrar algunos chapulines que se encuentran en las milpas y que a esa hora se encuentran “tiesos” por el frío.

Siguiendo ese sendero florido que parte desde la entrada, se llega a un cuarto grande al que mis abuelos denominan “la pieza”, en el rincón una mesa roja, grande, especial para la ocasión, el olor es indescriptible, agradable, esa mezcla de olores dulces de la fruta y el olor a tierra de mojada que emana del piso de tierra recién regado y barrido.

Sobre la mesa un mantel de flores, debajo un copalero de barro verde que fue comprado en Atzompa, alberga brasas ardientes y esta coronado con copal que al entrar en contacto con la lumbre forma una columna de humo al mismo tiempo que se escucha la combustión del mismo, lo que agrega al ambiente un tinte de misterio y agrava el complejo aromático del lugar.

En el fondo del altar se encuentra algunas fotografías de los seres queridos y extintos de mis abuelos, así como las imágenes religiosas que mi abuela tanto quiere, la virgen de Guadalupe, la virgen dolorosa y un par de cristos negros que se encuentra en un nicho y que el tiempo ha deteriorado; los Cristos siempre me han generado mucha curiosidad, dice mi abuela que pertenecieron al primer Geminiano que llego hace siglos a Oaxaca.

Al frente de la mesa se ve una veladora de aceite, dos floreros de la olorosa flor amarilla que contrastan con alegres flores rojas de enorme tamaño que denominan “gallos” y que compraron con los productores de San Antonino Castillo Velasco, también hay veladoras de papel y de vidrio integrando una cruz, que en la oscuridad forman imágenes caprichosas cuando proyectan su sombra contra la pared cuando sus mechas son movidas por el aire.

El altar de muertos siempre ha representado un misterio, deleite para el oído, los ojos y el paladar, con regocijo esperamos el día primero de noviembre la visita de los muertos chiquitos, nuestros niños que no alcanzaron a ser hombres o mujeres, la gente grande los identifica como los angelitos; ahora los niños mueren poco gracias a los servicios médicos, pero en el pasado era común que en cada casa al menos hubiera un angelito.

Para estos niños chiquitos el altar se llena con muchas frutas de tamaños, colores y sabores, se pone frutas en almíbar como mango, ciruelas, calabaza en conserva y dulces de fábrica; en algunas casas también se ponen juguetes y la ropa favorita de los niños.

El día 2 de noviembre recibimos la visita de los muertos adultos, para ello se prepara un camino con veladoras, flores y agua, para que se repongan del camino, no podía faltar un refresco y de preferencia el favorito de cada difunto, y por supuesto un mezcalito o cerveza. En la casa de mi madre siempre se pone un refresco de cola de conocida marca y un mezcal, para recordar a mi Tío Jesús que fue el único de los varones entre los hijos de mi abuelo materno.

Volviendo al altar, dos cañas enormes forman un arco que representa la entrada al más allá, estas cañas muy dulces por cierto, antes eran traídas de muy cerca como de Roaló o de la Trinidad, pero la falta de agua ha hecho que se tengan que importar de muy lejos, desde el istmo o la costa; dice mi abuelo que un altar sin caña no es altar, no me gusta ir a comprarlas porque luego no aguanto “la picazón”, ya que tiene una gran cantidad de pequeñas espinas conocidas como aguates.

En la parte posterior y a los lados del altar se coloca el pan, este pan viene de distintos lugares, mi abuelo conocido como “Chano Cacha”, año con año realiza un viaje a Tlacolula en la víspera del día de muertos y compra pan de cazuela que carga en un pizcador, lo acompaña mi abuela, también compran camote en dulce y alguna que otra fruta. Otro tipo de pan es el que se compra acá en nuestra querida Zaachila, marquesote, pan criollo adornado, un resobado y pan de yema, por si fuera poco se completa la ofrenda con los panes que los ahijados y sobrinos llevan, es decir que hay pan para comer hasta diciembre.

A los lados de la mesa se colocan las distintas frutas, sobresalen las naranjas de color amarillo y los anaranjados y jugosos nísperos, también las manzanas criollas que se compraron con la gente que viene del monte, las manzanas finas del mercado, las guayabas, las jícamas, los tejocotes, cacahuates, y este año fue posible encontrar una anona. Me encanta ver el altar, a veces a escondidas hurto un níspero para comer, “nana” Reyna dice que hay que pedir permiso a los difuntos para que no te jalen los pies en la noche.

La parte del centro del altar está reservada para las comidas de cada día (uno no come hasta que no se haya depositado ofrenda en el altar), el día primero muy de mañana mi tía Marcelina, la más grande de la casa, coloca en el altar una taza criolla con delicioso chocolate que ella misma preparó con muchísimo amor y esmero; hace más de una semana tostó el cacao proveniente de Chiapas, luego quito las cascarita y lo llevo a moler al molino más antigua que tenemos “el Vesubio”, que en estos días está a reventar.

También pone una bebida deliciosa propia de mi tierra que es conocida como espuma y que servida en jícara colorada es la envidia de propios y extraños; esta bebida se hace a base de arroz tostado, cacao y una semilla especial llamada patlazle; se sirve con atole y se acompaña con pan de yema, es obligado invitar al visitante una taza de espuma; debo presumir que mi madre hace una de las espumas más deliciosas que he probado, también se sirve en bodas y mayordomías, aunque esta tradición se está perdiendo.

Haciendo un paréntesis, imagine usted la cocina y sus ruidos tan especiales, por un lado el molinillo contra el jarro batiendo el chocolate, por otro el apastle y su propio molinillo preparando la espuma, las brasas debajo del comal, donde se cocinan las tortillas que también acompañarán al altar y el canto de la abuela con esa tonada tan especial.

El plato principal va en el centro de la mesa, por mañana del día primero se sirve enmoladas rojas acompañadas de carne frita, adornadas con aros de cebolla fresca, cilantro y queso; por la tarde el menú es envidiable, arroz, caldo de gallina criolla, tamales de verde y por la noche cafecito calientito bajado directamente del bracero y preparado en olla de barro.

Además del desayuno ya descrito, se sirve estofado con chorizos y carne de cerdo con mucho gordo, como les gustaba a los finados; por la tarde no puede faltar el mole negro hecho en casa y con la receta de antiguas generaciones, un mezcalito para la grasa, tal vez dos, tal vez tres o tal vez más.

El altar es hermoso, una mezcla de colores, olores y sabores, cada año luce diferente, en cada casa se realiza el mejor de los esfuerzos para alagar a los visitantes difuntos, con tiempo se empieza a ahorrar para comprar lo mejor de lo mejor y no quedar mal con estas visitas.

El cuarto de mis abuelos tiene otras cosas que le dan un toque especial, esa imagen de pueblo, de provincia inigualable, en una esquina un ropero, debajo del ropero la herramienta de trabajo de mi viejo, arriba dos sombreros que compró cuando fue “al Norte de bracero” y que cuida como su tesoro más preciado.

Por la tarde obliga la visita al camposanto, que luce lleno de flores y se aprecia como una nube amarilla, con un toque de misticismo y tradición, se escucha a lo lejos las notas musicales del Dios Nunca Muere y también de la Barca de Oro, todo es mezcla de alegría y tristeza, hay que estar con ellos ya que solo salen una vez al año, aunque no los veamos.

Cuando la fiesta de muertos termina, los abuelos reparten cada una de las cosas que estaban en el altar, los niños están ansiosos por la fruta, las nueces y los cacahuates, pero sobre todo por los dulces de marca y los dulces artesanales en forma de calaverita que omite mencionar en el relato y que además tiene el nombre de cada uno de los familiares.

Me atrevo a decir que para el oaxaqueño la fiesta de muertos es importantísima, hasta llegan nuestros paisanos que están del otro lado del Río Bravo a pasar muertos, la fiesta de los fieles difuntos es más importante que navidad o año nuevo, se rinde culto a la muerte entendiendo que a final de cuentas es la fiel compañera de vida y que tarde o temprano formaremos parte de un altar.

Me encanta esta fiesta pues mucha gente visita esta casa, todos salen cargados con cariños de mis abuelos, me encanta que se haga de noche y escuchar las historias que inevitablemente terminan en cuentos y leyendas de fantasmas y aparecidos; si no fuera por estos momentos, muchas historias se habrían perdido, es ahora tarea de nuestra generación rescatar la tradición oral para que no muera en manos del modernismo.

Hasta acá todo iba bien, he hablado en presente, debo decir, que esto sucedió hace más de 40 años, ahora mis abuelos han sido alcanzados por los años pero aún son jóvenes de corazón, en su hogar todavía hay un altar, ahora es pequeño pero no menos significativo, las nuevas generaciones hemos heredado tradiciones y costumbres; ahora cada hijo y cada nieto pone con su familia su propio altar y relata a sus pequeños cuentos y leyendas.

En la casa de un servidor, se sirve chocolate, pan, mole y todo lo demás, si vienes a ella hay un lugar para ti, un plato para que acompañemos a aquellos que se adelantaron en el camino, después visitaremos a los abuelos y con gusto escucharemos las historias que de niños nos hacían estremecer, estoy seguro que nos atenderán como lo hacen desde que yo recuerdo, te esperamos.

¡HASTA LA PRÓXIMA!

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