GUELAGUETZAS

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* Se acerca también la Guelaguetza Magisterial y Popular, que goza de cierta empatía entre los ejecutantes y el animado público

Jesús SANTIAGO MONTES
La diversificación de las fiestas de la Guelaguetza oaxaqueña, ha beneficiado la economía de comerciantes establecidos y ambulantes.
No hay duda.
Para el grueso de la población, cobra interés el conocimiento de nuevas danzas, bailes y actos costumbristas que nos amplían el conocimiento que sobre nuestra cultura estatal tenemos.
En la capital del estado, en los últimos diez años, se han celebrado dos Guelaguetzas que convocan a miles de espectadores.
La llamada “oficial” orquestada por el Gobierno en turno y la “popular magisterial” organizada por la Sección XXII del Magisterio Democrático Oaxaqueño.

Desde el llamado para participar en el convite, la calenda y quema de fuegos pirotécnicos, así como el evento principal en los lunes del cerro, estas dos Guelaguetzas presentan ópticas diferentes que marcan la diferencia social y económica de quienes acuden a presenciarlas.
Una aglutina a un público selecto por los altos costos que se tienen que pagar para entrar al auditorio en el cerro del Fortín y donde se hace gala de organizadores y vigilantes ´prepotentes, políticos escurridizos y medios de comunicación que de acuerdo al libreto, le dan proyección al evento y a los bailarines estilizados que pasada la función, retornan a sus lugares de origen con las mismas carencias sociales y domésticas de toda su vida, sin que parte de las ganancias económicas de la fiesta oaxaqueña, contribuya a mejorar las condiciones de vida de esas comunidades.

La otra Guelaguetza, “la popular magisterial”, “la de abajo” (por realizarse en el estadio de futbol del Instituto Tecnológico Oaxaqueño), tiene la característica de ser gratuita, de no contar con los cuerpos policiacos que intimiden o esculquen sin el mínimo de los respetos a damas y niños como sucede en la otra.
Cierto, la logística y varios aspectos organizativos adolecen de la exactitud, sin embargo, cada año aumenta el número de asistentes, lo que la ha convertido en una verdadera Guelaguetza popular, sí, ahora así, sin comillas.
No se diga de la calenda que recorre los antiguos barrios de la ciudad capital y sobre todo la concentración que se hace a su término para presenciar el acto cultural y la quema del castillo y juegos pirotécnicos en el pleno corazón de la capital.
Así, la Guelaguetza popular se ha convertido en un enorme foro de denuncia política que desfoga los deseos de la población que ahí asiste, ante el caótico estado de cosas que cada día destruye las aspiraciones de tener una calidad de vida mejor.
Son dos rostros diferentes. Dos objetivos políticos opuestos.
Dos convocatorias distintas, dos públicos diferentes.
Así, cobran especial relevancia las otras Guelaguetzas que se realizan en otros municipios y localidades al interior del estado.
Una, la de Zaachila se ha convertido en una buena opción.
Sin perder su esencia costumbrista y menos su hospitalidad, los pobladores de esta comunidad comparten la fiesta de la Guelaguetza teniendo al frente a sus Autoridades Municipales que CUENTAN CON EL APRECIO del pueblo que representan.
Muy cerca de la capital, Zaachila tiene gastronomía, zona arqueológica, comunicación, trabajo efectivo para beneficio colectivo, respeto por la esencia de sus costumbres pero sobre todo, el calor humanos de sus habitantes, su hospitalidad y buen trato hacia sus visitantes.

Las Guelaguetzas pueden ser muchas, comercializadas o con tintes políticos si se quiere, pero en Zaachila se vive algo diferente que hace que el visitante vuelva puntualmente a regocijarse con la cultura Zaachileña.

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