La única vez que el presidente Porfirio Díaz Visitó Oaxaca

Carlos CERVANTES
Fue el 12 de noviembre de 1892 cuando el presidente Porfirio Díaz visitó esta ciudad de Oaxaca con motivo de la inauguración del Ferrocarril Mexicano del Sur y desde entonces nunca volvió ni se preocupó por ayudar al desarrollo de la entidad, su tierra natal. Sin embargo esa actitud tuvo su propia justificación.
De acurdo con las crónicas de entonces, a las 7:30 de la noche sonó el silbato de la locomotora que arrastraba el convoy presidencial, entrando a la estación en esta ciudad, por lo que enseguida apareció el presidente Díaz con su porte marcial, pisó el andén y era seguido por su joven esposa, doña Carmen Romero Rubio, a quien se le conocía como Carmelita.
Iban sus ministros Manuel Romero Rubio (Padre de Carmelita), Joaquín Baranda, Matías Romero y Francisco González Cosío, así como notables militares, políticos y diplomáticos.
En la misma estación así como en la calle una gran multitud presenciaba la llegada del paisano, del soldado de la patria, del héroe de tantas batallas y se escuchaban las “vivas” al visitante que para entonces llevaba doce años de presidente.
La Banda de Música del Estado tocaba el Himno Nacional en tanto que soldados federales y elementos de la guardia estatal terciaban sus armas de manera marcial y casi al mismo tiempo desde el Cerro del Fortín se dejaron escuchar las 21 salvas de cañón para lo cual se utilizaban piezas de artillería quitadas años antes al enemigo.
Otras bandas de música militares y de los pueblos cercanos dejaban escuchar sus notas en varios puntos de la ciudad, en tanto que grupos de estudiantes quemaban cohetes y bellas damas llegaban a la estación para obsequiar ramos de rosas, gardenias, jazmines y otras flores perfumadas, a los visitantes.
Noche de mucha alegría, gran bullicio, donde los asistentes lucían sus mejores galas y era curioso mirar desde las catrinas pomadosas hasta las mujeres del pueblo queriendo halagar al presidente e invitados. Los hombres hicieron lo propio para estar bien presentados.
El regocijo era inusitado ya que Oaxaca daba el gran paso hacia el progreso a través del ferrocarril pues si antes de eso llegar a la ciudad de México requería de semanas o meses con los peligros del camino, a partir de ese día un viaje se haría en una sola noche con lo cual se olvidaban las diligencias tiradas por caballos. Además el programa ferrocarrilero comprendía otros ramales para mejor comunicación del estado.
La prensa de entonces anotó la presencia de periodistas que llegaron en la comitiva: Darío Balandrano, director del periódico oficial de la Federación; Enrique Santibañez, de “El Nacional”; Bernabé Bravo, por el “Partido Liberal”; Ramón Murguía, de “El Universal”; Ignacio Dublán Montesinos, por “El Siglo XIX”; Mastillo Clarck, por “The Two Republics”; N. Samson, por “L´Echo de Méxique” y otros más tanto de la prensa de México como corresponsales extranjeros.
La mayoría de casas de la ciudad adornadas lucían junto a los arcos cuajados de flores y alegría sin par por la presencia del gran oaxaqueño.
Al siguiente día la élite oaxaqueña ofreció el gran banquete a los invitados contando con lo mejor que se pudo lograr no sólo en adornos sino en vinos franceses y viandas. No podía faltar la mosca en la sopa pues acudieron damas encopetadas que habían cultivado amistad con la anterior esposa de don Porfirio Díaz, Delfina Ortega, quienes al quedar muy cerca de la primera dama la hicieron objeto no sólo de ironías sino de majaderías, (“Delfinita era más guapa”, “Delfinita era más sencilla”, “además era oaxaqueña y nuestra amiga”, “que lástima que la cambió el señor presidente”), todo lo cual provocó el enojo muy justificado de la pareja presidencial que de inmediato abandonó el lugar y al siguiente día temprano abordaron el tren hacia la ciudad de México.
A partir de entonces don Porfirio Díaz no volvió a mencionar a Oaxaca muy sentido por la actitud de las señoras chismosas que con su veneno hicieron un mal a Oaxaca.
Era gobernador el General Gregorio Chávez quien días antes al ser invitado a presenciar la colocación del último riel en la estación ferroviaria al no tener qué decir solamente exclamó “¡Gloria in Excelsis Deo!”, situación que sirvió de tema cómico para los periódicos de aquella época como era “El Hijo del Ahizote” publicación satírica de mucha circulación.
Otro de los invitados fue el poeta de moda Juan de Dios Peza, quien provocó sus propias anécdotas como aquella de las sábanas del Hospital General. En ese tiempo no existían hoteles en Oaxaca como para hospedar a personajes distinguidos.

También te puede interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *