Música social: Desencadenando cambios desde la resonancia

Resonancia musical desencadenada por el diálogo virtual con Dayna Cunningham (2020).

* «En mi primer viaje a México, allá por 2010, me llevé el clarinete conmigo. Sentía que mi música sería un medio natural para conectar con gente de una realidad hasta entonces desconocida para mí»

Antonio Moya
¿Quién hubiera imaginado que la música jugaría un papel tan poderoso durante una pandemia? Hemos tenido que esperar a un confinamiento global para ser testigos de una dimensión adicional de la música inconcebible si su componente espacial no hubiera desaparecido de la escena. Me refiero a la función de la música— y en particular, de la música en directo— como puente que trasciende el espacio en tiempos de distanciamiento físico para alinear y conectar almas humanas.

GAIA comenzó con una chispa. Una idea simple, pero concreta y atractiva que emergió durante una conversación entre Antoinette Klatzky y Otto Scharmer — y que rápidamente compartieron con emoción con el resto de la comunidad de Presencing Institute — atrajo y agrupó a miles de personas de todo el mundo durante una travesía de tres meses. Con poco más que una fecha para el evento inicial (¡10 días después!), un diseño general para las diferentes etapas del proceso y — esto resultó crucial — una aspiración a largo plazo de cambio sistémico y renovación social, docenas de voluntarios pronto se subieron al tren para ser partícipes de una experiencia cogenerativa, con la esperanza de navegar una crisis global existencial sin precedentes.

Fue durante la segunda sesión de GAIA cuando todos fuimos testigos del poder catártico de la música social. La persona invitada, Dayna Cunningham — una fuente eterna de inspiración a quien tengo el honor de considerar mi mentora intelectual — hablaba sobre violencia estructural como “un conjunto de acuerdos entre humanos” que permite a ciertos grupos de personas ejercer poder sobre otros grupos. En respuesta a un comentario de un/a participante en el chat, Dayna introdujo la idea de “amor estructural” como la necesitada reacción colectiva. A través de historias al tiempo desgarradoras e inspiradoras, uno podía percibir entre los cientos de rostros participando en la conversación, desde varios lugares del mundo, cuan conmovidos se sentían.

Me correspondía interpretar algo de música frente a la cámara tras las palabras de Dayna (desde la concepción de GAIA, se introdujeron estos momentos musicales para ayudar a los participantes a profundizar en sus propias ideas y emociones). Pero en esta ocasión, en lugar de interpretar la pieza clásica que había estado preparando, simplemente dejé ir mis planes y comencé a improvisar para resonar con las palabras de Dayna. En parte, reaccioné de este modo para dar rienda suelta a mis propios sentimientos. Pero además, mi intuición me decía que una improvisación musical podría contribuir de manera más profunda a amplificar el campo social que estaba siendo labrado a través del diálogo. La música podía complementar y enriquecer aquello que habían comenzado las palabras.

Había nacido una nueva práctica para mí. No era la primera vez que improvisaba en público ni que reaccionaba con música a palabras habladas en una sala. Pero la naturaleza no planeada de esta resonancia en particular y el entorno surrealista — me encontraba tocando el piano desde mi casa frente a una audiencia de más de mil personas de todo el mundo en el contexto de un confinamiento global — abrieron el camino hacia un campo profundo cuyo potencial todavía debe ser explorado.
Para comprender cómo esta resonancia musical pudo llegar a ser en este momento histórico y cómo podría continuar jugando un papel en la activación de transformaciones sociales, quisiera compartir primero algunas ideas de la trayectoria musical que me trajo hasta aquí.

La ciudad mediterránea en la que crecí activó mi enfoque social hacia la música. Godella es una de las docenas de pequeñas poblaciones alrededor de la huerta valenciana cuya vida local está profundamente marcada por la escuela de música y su banda (u orquesta de viento). Difícilmente se encuentra a algún vecino que no esté relacionado de alguna manera con la Banda del Casino Musical, una institución que ha estado contribuyendo a la vida cultural local desde hace mas de 200 años. Mantenida gracias a las pequeñas donaciones mensuales de cientos de familias, esta institución ofrece eventos semanalmente, si no diariamente, que van desde conciertos a gran escala en el auditorio local, hasta audiciones de los estudiantes de la escuela de música, o improvisaciones en la calle. Ser parte de una agrupación cultural tan versátil durante más de 20 años — primero como estudiante de clarinete y miembro de la banda, y en etapas posteriores como pianista solista y director de orquesta — sembró mi manera de entender la música como una poderosa herramienta para el cambio social.

El (tal vez innecesariamente) largo desvío como estudiante de arquitectura me permitió expandir la perspectiva del poder social de la música en diferentes direcciones que hoy veo conectadas. Pronto me sentí muy atraido por la dimensión espacial de la música. Estudié cómo este arte funciona como un foco natural para aglomeraciones espontáneas en determinados espacios, así como de qué manera se podía potenciar esta propiedad mediante el diseño arquitectónico. Me enamoré de la propuesta de Hans Sharoun para la Filarmónica de Berlín: el primer gran auditorio en situar al público no delante, sino alrededor del escenario central. No es sorprendente que este concepto no tardara en reproducirse en docenas de salas de concierto por todo el mundo. Como futuro arquitecto, siempre regresaba a esta idea y reflexionaba sobre la relevancia de la dimensión espacial de la música; como estudiante de música, continué explorando lugares donde las personas pudieran agruparse de manera orgánica alrededor del piano.

En mi primer viaje a México, allá por 2010, me llevé el clarinete conmigo. Sentía que mi música sería un medio natural para conectar con gente de una realidad hasta entonces desconocida para mí. ¿Quién hubiera sabido que esta experiencia sería solo la primera entre incontables momentos en México y otros países latinoamericanos? Mi pasión hacia esta inconmensurable región del mundo, profundamente relacionada con mis raíces mediterráneas, acababa de empezar. Echando la vista atrás diez años después, ahora me percato de cómo la música siempre ha estado presente en todos mis intercambios personales y profesionales en Latinoamérica. Esta parte de mí ha jugado un papel esencial en el fortalecimiento de lazos sociales y el desencadenamiento de momentos de reflexión y acción entre aquellas personas que me he encontrado en el camino.

La experiencia más poderosa que todavía recuerdo de un proceso de transformación social en el que la música y otras formas artísticas fueron incorporadas conscientemente en su diseño tuvo lugar en la comunidad de Jardim Colombo, un barrio desatendido en la zona oeste de São Paulo, durante el invierno de 2018. La comunidad padecía por la presencia de un enorme vertedero de escombros en medio del vecindario. Con la esperanza de que un día se convirtiera en un parque público, los vecinos se auto-organizaron para limpiar el basurero. A pesar del esfuerzo colectivo masivo, el terreno continuaba acumulando basura y escombros. Fue un festival de arte y participación sobre el vertedero, planeado y diseñado en tan solo seis semanas, el responsable de desencadenar un cambio colectivo en la comunidad, tanto en comportamiento como en mentalidad.

Este espacio nunca volvería a ser percibido como basural, sino como un espacio público para la celebración colectiva y la auto-organización (en esta entrevista sobre mi tesis de máster reflexiono sobre esta experiencia con la ayuda de mi piano). Como una chispa — de nuevo — esta celebración prendió la capacidad colectiva para enfrentarse a otros desafíos de relevancia para la comunidad, incluyendo la emergencia sanitaria extrema de la que Jardim Colombo sería testigo dos años más tardes, y que está siendo magistralmente gestionada bajo el liderazgo de mi admirada Ester Carro. ¿Quién hubiera imaginado que el arte y la música serían tan decisivos para construir comunidad?

Dos contextos completamente diferentes — una comunidad en Brasil profundamente enraizada al terreno y una comunidad virtual global — conectadas por la música. Tras aquella sesión de GAIA en la que sentí la necesidad de improvisar, he participado en docenas de eventos virtuales. Desde estudiantes hasta profesionales y personas de todo el mundo, el tipo de audiencias para las que (o con las que) interpreto música es tan diverso como la naturaleza de estos eventos permite (a saber, individuos con acceso a tecnología e internet y, especialmente, con el tiempo y el espacio mental para participar en sesiones virtuales de dos horas). Y sin embargo, una y otra vez soy testigo de cómo, sin importar quién esté frente a la pantalla, la música les conmueve. Ojos cerrados, sonrisas, respiraciones pausadas — tras estos minutos de música, a menudo puedo percibir un ligero cambio en la condición interna de los participantes hacia una actitud más abierta de mente y de corazón. La música enciende el deseo de conectar con nostros mismos y con los demás.

Tratar de describir de qué manera tienen lugar estas improvisaciones no es sencillo y va, en cierto modo, contra la propia naturaleza de esta práctica, que nace de una forma de comunicación no verbal (simpatizo en este sentido con las reflexiones de mi colega Olaf Baldini sobre su práctica visual). Sí puedo compartir que una resonancia musical comienza con la escucha profunda de las conversaciones que tienen lugar, de las que tomo una o dos ideas prevalentes que trato de imaginar en sonidos. Si estamos hablando de trauma y duelo — o violencia estructural — probablemente comenzaré en la parte izquierda del piano, con sonidos graves y pausados. Si el ánimo de los participantes se siente más ligero, comenzaré con notas más rápidas en el registro agudo.

La segunda inspiración principal para desencadenar la improvisación tiene un carácter más direccional. Además de las ideas que se comparten de manera más o menos explícita, y que recogen el tono actual de la conversación, hago un esfuerzo por imaginar la intención hacia la que se dirige el grupo. Tras quedarme con las ideas y los sentimientos iniciales, comienzo a encaminar la música hacia el desenlace anhelado, generalemente de cariz más positivo — cercano al concepto de amor estructural. Qué ocurre exactamente entre principio y final es, no obstante, impredecible, y depende de varios factores (desde la propia inspiración en un determinado día hasta cuestiones puramente técnicas que pueden influir en la experiencia). Dejaré a la música hablar por sí sola. Todo lo demás es ruido.

Al reflexionar sobre cómo se han desarrollado los pasados 25 años desde que me topé por primera vez con la música, no puedo evitar pensar en este largo período como una extensa y orgánica improvisación, iniciada mi primer día en la escuela de música de Godella a los siete años, y guiada por intenciones vitales imprecisas — mi estrella norte — que permiten dar sentido a mi existencia: mi profundo convencimiento en la posibilidad de un mundo en el que se priorice el florecimiento humano equitativo y el bienestar colectivo. A lo largo del camino, las personas con quien me topo y las experiencias de las que formo parte se sienten como notas y acordes que enriquecen y conforman la improvisada y colectiva travesía de mi vida. Allá donde voy, sin importar el origen y el contexto de la gente, continúo siendo testigo, cada vez, de cómo la música contribuye a desencadenar transformaciones individuales y colectivas. Tal y como la actual crisis sanitaria mundial está evidenciando, las personas no necesitan tan siquiera encontrarse físicamente en el mismo espacio para que el cambio pueda emerger.

Acepto el compromiso de continuar aprovechando la música como una herramienta para el cambio social, con la esperanza de que, algún día, comenzaremos a comportarnos como miembros de una orquesta global capaz de interpretar la necesaria resonancia planetaria.

Toquemos juntos.

Gracias a Eva Pomeroy, Antoinette Klatzky y Rachel Hentsch por la invitación para escribir esta reflexión y por sus acertadas revisiones del borrador.

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